"Dice la
leyenda que "en el Edén originario, debajo del árbol del Bien y del Mal, floreció un arbusto de rosas. Allí, junto a la primera rosa, nació un pájaro, de bello plumaje y un canto incomparable, y cuyos principios le convirtieron en el único ser que no quiso probar las frutas del Árbol. Cuando Adán y Eva fueron expulsado del Paraíso, cayó sobre el nido una chispa de la espada de fuego de un Querubín, y el pájaro ardió al instante.
Pero, de las propias llamas, surgió una nueva ave, el Fénix, con un plumaje inigualable, alas de color escarlata y cuerpo dorado. La inmortalidad, fue el premio a su fidelidad al precepto divino, junto a otras cualidades como el conocimiento, la capacidad curativa de sus lágrimas, o su increíble fuerza. A lo largo de sus múltiples vidas, su misión es transmitir el saber que atesora desde su origen al pie del Árbol del Bien y del Mal, y servir de inspiración en sus trabajos a los buscadores del conocimiento, tanto artistas como científicos.”
Se cree que el Ave Fénix fue el único animal del Edén que resistió la tentación, lo que le convirtió en un ser eterno. 
Y así es como me siento. Como un Ave Fénix que resurge de sus cenizas, dejando atrás la tentación y el pecado.
Me veo ahora; irreconocible. Me miro al espejo y me cuesta reconocerme en la imagen que se refleja ante mí. Pero soy yo, un nuevo yo, resurgido de las cenizas, las cenizas de las llamas que me fueron destruyendo durante muchos años. Y, cual Ave Fénix, he resurgido con una nueva imagen que, por mucho que me pese, he de reconocer, es mucha más atractiva y falsa. He dejado de ser una niña para convertirme en una persona mayor. Una mujer con curvas, una melena larga y brillante, una tez que resplandece, unos ojos que brillan, una sonrisa constante.
Renuncié al pecado, a la tentación, y me deshice de las llamas que me consumían para convertirme en lo que soy ahora. No puedo engañarme, todo lo que me hace daño sigue estando ahí. Todos los motivos que me hicieron adentrarme en el tenebroso mundo de mi dichosa enfermedad están ahí, no han desaparecido, y no lo harán. Pero he aprendido a convivir con ellos.
Utilicé mi enfermadad como un modo de enfrentarme a mis miedos, creyendo que de ese modo dejarían de hacerme daño, dejarían de amedrentarme. Pero me equivoqué. Los miedos no desaparecieron, sólo cambié mis miedos por otros nuevos. Aprendí a no temer a la muerte, a no temer al paso de los años, a no temer al constante cambio de las cosas, a no temer a la volatilidad del mundo. Pero nuevos miedos nacieron que me hacían el día a día cada vez más difícil.
He renunciado a la tentación y me he deshecho de las llamas, he resurgido de las cenizas pero mis miedos no han desaparecido. Sigo temiendo a la muerte, sigo temiendo al paso de los años, a la volatilidad del mundo. Y los miedos me afectan, me hacen daño y no puedo cambiarlo.
A veces intento recordar cuán fácil era vivir en un mundo en el que, a diferencia de la gran mayoría de la gente, no temía a la muerte. Pero sé que tan solo era una falacia, porque lo cierto es que no dejé de tener miedo, solo trasladé mi miedo a otros aspectos de mi vida y resultó ser todo mucho más difícil.
No es fácil convivir con tus miedos.
Soy una persona extremadamente sensible, todo me afecta en exceso y a veces lloro sin motivo. Pero también sonrío sin motivo por el simple hecho de que, a pesar de mis miedos, estoy satisfecha con lo que tengo.